Hola a todos. Aqui os dejo el primer capítulo de Cosas Que Resolver. Espero que os guste.
PARTE 1 - Anónimo
CAPÍTULO 1 – LA HERMANA PERDIDA
David se había despertado al oír toser a su padre. Se levantó y se dirigió a su habitación. Juan, su padre, estaba, como desde los últimos dos años, postrado en la cama sin apenas poder moverse.
Hacía ya tres años desde que Juan volviera del médico, se acercara a su hijo y le informara del cáncer de páncreas que le acababan de diagnosticar.
David se acercó a la cama y le secó el sudor de la frente a Juan. Juan casi no podía hablar sin que le produjeran fuertes ataques de tos.
-¿Quieres algo papá?
-Si me trajeras un vaso de agua, por favor…
David salió de la habitación para, a continuación, dirigirse a la cocina. Llenó un vaso de agua y volvió a la habitación.
Al levantar la cabeza la imagen que vio le asombró. Su padre estaba empapado de sangre. David estaba paralizado. El vaso se cayó al suelo rompiéndose en pedazos. Parecía estar en shock. No sabía qué hacer. Pronto reaccionó y se acercó lo más rápido que pudo a la cama. Cogió el cuerpo inmóvil de su padre y lo sacudió con todas sus fuerzas, con la esperanza de que despertara.
David cesó de sacudirle. Juan estaba muerto. David dejó caer su cabeza al pecho de Juan y comenzó a llorar.
-Papa… papá… despierta… ¡despierta!- dijo David entre sollozos.
A los pocos instantes se incorporó, se limpió las lágrimas y cogió su teléfono móvil. Marco un número y se puso el teléfono en la oreja. A pesar de haberse limpiado las lágrimas, tenía los ojos llenos de ellas otra vez.
Juan seguía tumbado, pero ahora en una camilla, en el interior de una bolsa negra de plástico para cadáveres.
David observaba desde un segundo plano como dos empleados del servicio funerario cerraban la cremallera de la bolsa y se llevaban el cadáver fuera de la habitación.
A su lado se encontraba un hombre trajeado, de no más de cuarenta años, también del tanatorio, que le hablaba sin conseguir su atención.
-Su padre pagaba un seguro, por lo tanto usted sólo tiene que firmar aquí. Nosotros nos encargaremos del resto.
El hombre trajeado le ofreció un bolígrafo. David lo cogió y firmó los papeles que el hombre le ofrecía.
Dos días más tarde fue el entierro de Juan. David, junto con un grupo de amigos y familiares, todos con aspecto triste, estaban alrededor de un hoyo donde estaba el ataúd del cadáver de Juan. El cura, en un atril de madera en frente del hoyo, recitaba una oración por el difunto.
-Amén.- se pudo oír al unísono cuando el cura terminó la oración.
A continuación todos comenzaron a levantarse de las sillas de madera en las que estaban sentados. Se dirigieron a un pequeña mesa que sostenía rosas blancas. David, el primero en llegar, cogió una y la tiró al interior del hoyo.
-Papá, sólo espero que estés en un lugar mejor.- dijo a modo de despedida.
David se apartó para dejar al resto de los presentes que pudieran despedirse de Juan.
Todo el mundo se había marchado ya. David se encontraba solo, enfrente de la lápida de su padre.
-Papá, te echo de menos…- hizo una pequeña pausa para no comenzar a llorar.- Con respecto a Ana, dice que no ha podido venir. Tiene demasiado trabajo…
David se detuvo. Oyó unas pisadas detrás de él acercándose. Se dio la vuelta para descubrir quién era. En frente suya estaba Lidia, avergonzada por haberle interrumpido.
Lidia era una vieja amiga de David. Se conocieron un día por casualidad en el instituto, en el club de lectura. Lidia no solía ir a las actividades extraescolares que organizaba el instituto, como ninguno de los populares. Pero ese día fue. Al llegar se encontró con todos los empollones. Se sentía bastante incómoda ya que todos la miraban, hasta que conoció a David. David era el “bicho raro” del instituto al que nadie se quería acercar. Pero Lidia se encontró con un chico totalmente normal y supo que los rumores que corrían de él eran mentira, o no del todo ciertos. Desde ese día fueron inseparables.
-Lidia…- David sentía vergüenza de que le pudiera haber oído.- ¿Cuánto tiempo llevas ahí?
-No mucho.
Hubo un silencio incómodo. Lidia sostenía un ramo de flores.
-He comprado un ramo de crisantemos en un puesto que había por allí- señaló un lugar detrás suya sin concretar.- para que los pongas en… ya sabes.- No sabía si “podía” o no decirlo.
-En la tumba.- dijo David en un tono frío y tajante.
David cogió los crisantemos cuando Lidia se los ofreció y los coloco en la tumba de Juan. Se quedó mirando la lápida, ensimismado.
-La acaban de poner.
-Ha quedado muy bien.
Lidia se acercó a David y se puso a su lado. Se lo pensó dos veces antes de decir:
-Mientras veía, no he podido evitar oírte. No era mi intención…-
-¿Qué has oído?- la interrumpió David.
-He notado que estabas molesto con una tal… Ana.-
-No estoy molesto. ¡Ella puede hacer lo que quiera!- David parecía molesto.
Lidia cogió a David del brazo y lo hizo girar suavemente para que le mirase.
-A mí me lo puedes contar.
-No es nadie, ¿vale?
David se dio la vuelta y comenzó a andar alejándose de Lidia, dejándola sola en el cementerio. Lidia lo observó durante un par de instantes y luego volvió a mirar la lápida. Lidia comprendía por lo que estaba pasando. Hace unos años ella pasó por lo mismo.
Lidia conducía mientras David, sentado en el asiento del copiloto, meditaba sobre lo que acababa de ocurrir en el cementerio. Al mismo tiempo, miraba por la ventanilla, observando el paisaje.
-Lo siento.- dijo de pronto David.
-¿Qué?- Lidia no sabía a qué se refería, a pesar de la prontitud del suceso.
-Lo siento. Por mi comportamiento en el cementerio. Tú sólo intentabas ayudarme.- se explicó David.
- No te preocupes. Te comprendo. Estos son momento difíciles.
-Es mi hermana. Ana es mi hermana.- confesó David para no oír las compasiones de Lidia.
Lidia se sorprendió ya que en todos los años que llevaba siendo amiga de David, nunca había sabido que tenía una hermana.
En poco tiempo llegaron a casa de David. David se sentó en el sofá mientras Lidia preparaba algo para picar. Salió de la cocina y fue al salón. Le ofreció un vaso de Coca-Cola a David, quien lo cogió agradeciéndoselo al mismo tiempo. Se sentó a su lado.
-Estas cansado, ¿no?- dijo Lidia mirándole los ojos que ya estaban rojos del cansancio.
David asintió. Luego se incorporó y miró a Lidia a los ojos.
-Lidia, hoy te has portado admirablemente bien conmigo, y no lo voy a olvidar nunca. Hoy has sido como la hermana mayor que hoy no he tenido.
Se abrazaron calurosamente.
-He hecho lo mismo que hubieses hecho tú por mí. O al menos eso espero.- bromeó Lidia.
Los dos rieron. Lidia miró el reloj. El tiempo había pasado volando, y sin que ninguno de los dos se hubiesen dado cuenta, se había hecho de noche.
-David no quisiera cortar este buen rollo que tenemos, pero me gustaría que me contaras algunas cosas sobre Ana.
-Es una historia un poco larga para contar.- En realidad no le apetecía contarla ni hablar de su hermana.
-Cuéntame únicamente por qué se fue.- Ya se notaban los estudios de periodismo que estaba cursando en la universidad.
-La versión corta es que mi hermana se fue a Estados Unidos para trabajar cuando a mi padre le diagnosticaron el cáncer. Todavía no ha vuelto.- explicó David
-¿Cómo es posible que tengas una hermana y yo no me haya enterado en todos estos años?-
-No sé, casualidad, supongo.
Lidia había notado la desgana con la que hablaba David del tema. Volvió a mirar el reloj para consultar la hora.
-Yo me voy a ir. Ya es muy tarde y mañana madrugo que tengo clase.
David se levantó y la acompañó hasta la entrada. Lidia se puso el abrigo y a continuación se despidió de David.
-Si quieres cualquier cosa, cualquier soca- recalcó- sólo tienes que llamarme, da igual la hora.
-Descuida.- tanto él como Lidia sabían que no la iba a llamar y que solo era un teatro para quedar bien.
David abrió la puerta y Lidia se marchó.
-Ten cuidado…
David cerró la puerta. Por fin podía disfrutar de la soledad y del silencio de la casa vacía. Resopló. El timbre sonó. David, convencido de que era Lidia que se había dejado algo, abrió.
-¿Qué te has dejado…?
Al abrir la puerta no se encontró con Lidia. La persona que había era la última que esperaba encontrarse en la puerta de su casa.
-¿Qué haces tú aquí?- dijo David con algo de desprecio, aunque intentó disimularlo.
-Acabo de llegar de viaje. Supuse que me podía quedar aquí.
-Un poco tarde.
-Déjame entrar y te lo explicaré todo.- dijo Ana al mismo tiempo que dejaba en el suelo una bolsa de viaje que debía pesar una barbaridad.
Hola Pablo,
ResponderEliminarLa historia me ha encantado, tiene un buen ritmo y atrapa. Pero el tener que descargarla es un coñazo, si me lo permites, creo que la extensión permite perfectamente colgarla como un post más.
Enhorabuena y buena suerte.
Un abrazo.
John W.
Gracias por tu opinion Polidori. Tengo en cuenta tu opinion sobre la descarga y voy a pornerlo en un post.
ResponderEliminar¡¡Te espero la proxima semana!!
Buen relato, ameno, escrito con pulcritud y con unos diálogos muy naturales. Un beso y feliz semana.
ResponderEliminarBuen capítulo. Muy interesante, es todo tan... raro... Es precisamente esa atmósfera lo que lo hace interesante, como en Perdidos. :D
ResponderEliminar¡Hasta luego!
Has conseguido captar la atención y la sensación de ahogo y tristeza de David. La vida no es igual para todos y ahora nos queda esperar que ana nos cuente el porqué de su ausencia.
ResponderEliminarGrcias por visitar El Camino. Seguimos leyéndonos.
Un beso
Entretenido, muy entretenido.
ResponderEliminarGracias por tu visita y por el comentario, aunque con él no consigas que desvele nada.